Judaísmo y cristianismo: ¿Por qué se separaron? (Y cómo Roma reescribió la historia)

VERSIÓN DESPROGRAMADA

 

 

La pregunta que nadie quiere hacer

Aquí va la primera bomba del día: Jesús nunca fue cristiano.

Lee eso otra vez. Despacio.

El hombre al que le rezas los domingos, cuyas palabras memorizaste en la escuela dominical, al que le cantas alabanzas cada semana… jamás se identificó como cristiano. Nunca fundó una iglesia. Nunca cambió el sábado por el domingo. Nunca celebró la Navidad ni dijo que había que comer hostias.

Entonces, ¿qué demonios pasó?

La respuesta es incómoda, está documentada históricamente, y va a sacudir todo lo que te enseñaron. Pero si llegaste hasta acá, es porque ya sabes que algo no cuadra. Así que respira hondo y sigue leyendo.

 


El experimento mental que lo cambia todo

Hagamos un ejercicio simple. Imagina que tienes una máquina del tiempo y viajas al año 80 d.C. —apenas unas décadas después de la crucifixión.

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Entras a una reunión de los primeros seguidores de Jesús y preguntas:

“Disculpen, ¿dónde queda la iglesia cristiana?”

Silencio incómodo. Caras confundidas.

“¿La qué?”

No te entenderían. Porque esa palabra no existía aún. Lo que encontrarías no sería una “iglesia” con cruces y vitrales. Sería una sinagoga. Gente guardando el Shabat. Leyendo la Torá en hebreo. Discutiendo sobre un rabino judío llamado Yeshua que, según ellos, era el Mesías prometido a Israel.

Punto. Eso es todo.

No había “cristianismo”. Había judíos que creían que el Mesías ya había llegado, y judíos que no. Pero todos seguían siendo judíos.

Jesús nació judío. Vivió judío. Murió judío. Y sus seguidores originales también.

Entonces, ¿de dónde salió todo lo demás?


La política entra al juego (o cómo el miedo reescribió la fe)

 

Para entender el gran divorcio entre el judaísmo y el cristianismo, hay que hablar de algo que las iglesias prefieren omitir: la política imperial romana.

En el siglo I y II, los judíos se rebelaron contra Roma en guerras brutales. Estamos hablando de la destrucción del Templo en el año 70 d.C., de ciudades arrasadas, de cientos de miles de muertos. Para el ciudadano romano promedio, ser judío equivalía a ser un rebelde, un terrorista, un peligro para el orden del César.

Ahora piensa en esto: tienes un grupo creciente de gentiles (no judíos) que empiezan a seguir las enseñanzas de ese rabino judío crucificado. Se juntan con judíos. Guardan algunas de sus costumbres. Hablan de un “reino” que no es el de Roma.

¿Cómo crees que los veía el Imperio?

Con sospecha. Con amenaza.

Los nuevos creyentes no judíos se dieron cuenta de algo crucial: si seguían viéndose demasiado judíos, Roma los aplastaría. Necesitaban diferenciarse. Necesitaban demostrarle al César que ellos no eran esos rebeldes de Judea. Que eran otra cosa. Algo nuevo. Algo… aceptable.

Y ahí comenzó la reescritura de la historia.


El gran divorcio: cuando la supervivencia reemplazó a la verdad

 

Aquí es donde la cosa se pone fea.

Líderes posteriores —hombres del siglo II y III que nunca conocieron a Jesús— comenzaron un proceso sistemático de “desjudaización”. No por revelación divina. No porque Dios se los ordenara. Sino por estrategia política pura y dura.

La lista de cambios “convenientes”:

  1. Cambiaron el día sagrado: Del Shabat (sábado) al domingo. ¿Por qué? Para diferenciarse de los judíos y alinearse con el día del Sol, que Roma ya veneraba.
  2. Cambiaron la fecha de la Pascua: Ya no se celebraba en el 14 de Nisán (la fecha bíblica judía). Se creó una nueva fórmula para que nunca coincidiera con la Pascua judía. El mensaje era claro: “No somos como ellos.”
  3. Inventaron la Teología del Reemplazo: “La Iglesia es el nuevo Israel. Los judíos fueron rechazados por Dios.” Una narrativa conveniente para justificar el distanciamiento.
  4. Culparon a los judíos de la muerte de Jesús: Aunque históricamente fue una ejecución romana (crucifixión = pena romana), se reescribió la historia para exonerar a Roma y cargar toda la culpa sobre el pueblo judío.

¿Coincidencia? No. Propaganda imperial.

Figuras como Justino Mártir y Marción no estaban buscando la verdad espiritual. Estaban construyendo una religión que Roma pudiera tolerar. Y funcionó. En el siglo IV, el emperador Constantino la adoptó oficialmente.

Pero a qué costo.


Lo que perdimos en el proceso (y por qué importa ahora)

 

Cuando cortamos las raíces judías de Jesús, no solo perdimos contexto histórico. Perdimos profundidad espiritual.

El Dr. Mario Sabán, historiador y especialista en pensamiento judío, usa una metáfora brutal y perfecta: la cebolla.

Nuestra búsqueda de la verdad hoy es como pelar una cebolla. Cada capa es una tradición añadida, una doctrina inventada, un dogma impuesto por concilios que nunca conocieron al maestro. Quitas la capa medieval. Quitas la capa de la Reforma. Quitas la capa de Roma. Y sí, duele. Lloras. Porque te están quitando todo lo que te dijeron que era “sagrado”.

Pero solo al quitar esas capas artificiales llegas al núcleo: el mensaje original de un rabino judío que hablaba de transformación interna, justicia, amor radical y conexión directa con lo divino.

No hablaba de crear una religión institucional. Hablaba de vivir distinto.


Pablo: el malentendido más grande de la historia

 

Ah, Pablo. El villano favorito de muchos. El “fundador del cristianismo”. El que “traicionó a Jesús”.

Falso.

Pablo (Saulo de Tarso) era judío y murió judío. Iba a las sinagogas. Era recibido por rabinos. Si hubiera estado predicando una religión anti-judía, lo habrían echado a patadas desde el día uno. Pero no lo hicieron.

¿Por qué? Porque su lucha no era teológica, era legal y práctica:

¿Cómo incluimos a los gentiles (no judíos) en las promesas de Israel sin obligarlos a cumplir toda la Torá (los 613 mandamientos)?

Esa era la discusión. No “dejemos el judaísmo y hagamos algo nuevo.” Sino “¿cómo abrimos la puerta sin romper la casa?”

Pero siglos después, tomaron las cartas de Pablo —escritas para comunidades específicas en contextos específicos— y las convirtieron en una teología universal anti-judía que él jamás tuvo en mente.

Lo usaron. Lo malinterpretaron. Y hoy sigue cargando con la culpa de algo que no hizo.


La pregunta incómoda que tienes que hacerte

Hagamos otro experimento mental, pero este más personal.

Si Jesús —Yeshua ben Yosef, el rabino judío de Nazaret— entrara hoy a tu iglesia, viera las imágenes, escuchara las doctrinas, viera que celebras fiestas que él nunca conoció, que comes cosas que él no comía, que guardas un día que él no guardaba…

¿Se sentiría en casa?

¿O pensaría que se equivocó de lugar?

Y la pregunta más pesada:

¿Tu fe se basa en lo que dijo el Maestro, o en lo que el sistema te dijo que él dijo?


 

Conclusión: La verdad no necesita un imperio

No estamos aquí para destruir tu fe. Estamos aquí para liberarla.

Porque la gran ironía de todo esto es que, en el intento de hacer el mensaje de Jesús “universal” y “aceptable” para Roma, lo vaciamos de su poder original. Creamos una religión sobre Jesús, pero ignoramos la religión de Jesús.

El sistema religioso que heredaste no es el que él predicó en las colinas de Galilea. Es el que Roma aprobó para mantener el orden social.

Y entender eso no es traición. Es honestidad.

La verdad no necesita estructuras imperiales. No necesita dogmas de miedo. No necesita que quememos la historia para que la narrativa funcione.

La verdad se sostiene sola.

Así que hoy te dejo con esto:

Es hora de desprogramarnos.

Es hora de quitar las capas. De hacer las preguntas incómodas. De volver al núcleo.

Porque si Jesús no era cristiano… ¿qué estamos siguiendo realmente?


Fuentes y profundización:

  • Seminario del Dr. Mario Sabán: “Jesús antes del cristianismo”
  • Historia documentada de los concilios de Nicea y Constantinopla
  • Estudios sobre judaísmo del Segundo Templo
  • Cartas paulinas en contexto histórico y cultural

Desprogramados: Porque la verdad no necesita permiso para incomodar.

 

 

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