Introducción: volver al Jesús real

Durante siglos nos enseñaron que Jesús fue el fundador del cristianismo, la cabeza espiritual de una nueva religión que vendría a reemplazar al judaísmo y que marcaría el inicio de una nueva era religiosa en Occidente. Sin embargo, cuando revisamos los estudios históricos, tal como plantea Mario Sabán en su obra El Judaísmo de Jesús, la realidad es mucho más incómoda y provocadora: Jesús nunca fue cristiano. Nació, vivió, enseñó y murió como judío, dentro del marco cultural, religioso y social del judaísmo del siglo I. Lo cristiano llegó después, creado por sus seguidores, especialmente por quienes reinterpretaron sus enseñanzas desde otros contextos culturales.
Aceptar esta premisa implica romper con siglos de tradición, dogma y catecismo, pero también nos invita a reenfocar el relato desde la historia y no desde la devoción. Entender esta verdad no es un ataque a la fe; es un acto de honestidad histórica. Es un intento de recuperar al hombre detrás del símbolo, al maestro detrás del mito, al judío detrás del Cristo.
El contexto histórico: Jesús en el mundo judío del siglo I

Jesús nació, vivió y murió en un territorio profundamente marcado por la tradición judía. Creció en una cultura donde la Torá, las festividades, las prácticas comunitarias y la figura del templo en Jerusalén eran el centro de la vida espiritual y cotidiana.
Vivió bajo la ocupación del Imperio Romano, en tiempos en que coexistían varias corrientes dentro del judaísmo: fariseos, saduceos, esenios, celotes, entre otros. Su voz emergió como la de un maestro itinerante que proponía una lectura más humana, ética y profunda de la Ley. Jesús fue un rabino judío, profundamente conocedor de la Torá y de la tradición oral, formado en la tradición farisea. Su discurso, sus parábolas, sus debates y su visión del Reino de Dios no estaban desconectados de su cultura, sino que surgieron desde ella.
Nada en su vida sugiere una ruptura con el judaísmo. Al contrario: Jesús está enraizado en él. Cuando leemos los evangelios desde esta perspectiva, el mensaje cambia por completo: Jesús no vino a fundar una fe nueva, sino a renovar desde adentro la espiritualidad de su propio pueblo.
Las prácticas judías que Jesús sí observaba

A lo largo de los evangelios, incluso en su versión más teológica, aparecen rastros sólidos de su identidad judía:
Observaba el Shabat: Participaba en las sinagogas, interpretaba la Escritura y discutía la Ley, como cualquier judío instruido de su tiempo. Sus debates no eran para abolir el Shabat, sino para volver al espíritu de la Torá: la vida por encima del ritual.
Cumplía las festividades judías: La Pascua judía (Pesaj), Sucot y otras celebraciones aparecen en su trayectoria. De hecho, hasta el final de su vida siguió cumpliendo las normas, asistiendo a las festividades judías y participando en la vida espiritual de su pueblo. Nunca dejó de formar parte activa de su comunidad religiosa.
Conocía profundamente la Torá: Sus enseñanzas están llenas de referencias al libro de Deuteronomio, Levítico, Éxodo e incluso a los profetas. Nada de eso es casualidad: Jesús fue un rabino popular antes de ser una figura religiosa universal. No cuestionó el monoteísmo, ni habló de una nueva institución religiosa, ni creó ritos nuevos que contradijera las bases del judaísmo.

El mensaje de Jesús en clave judía
Cuando Jesús predicaba sobre el “Reino de Dios”, no hablaba de una religión nueva. Utilizaba un concepto profundamente judío que hacía referencia a la soberanía divina sobre el mundo, a la justicia social y al llamado a la transformación interna.
Su crítica a los líderes religiosos no era un ataque al judaísmo, como después se interpretó. Era una tradición común entre los profetas: denunciar la hipocresía, la manipulación religiosa y las estructuras injustas. Su conflicto no era con la fe judía, sino con ciertas interpretaciones políticas y religiosas de las élites de su época.
Jesús no vino a “reemplazar” nada: vino a recordar la esencia del mensaje ético y espiritual del judaísmo, poniendo el amor al prójimo en el centro. Nunca rompió con el judaísmo, ni fue expulsado de él. No fue hereje para su tiempo.
Entonces, ¿quién creó el cristianismo?

La pregunta incómoda entonces aparece por sí sola: ¿cómo pasamos de un Jesús judío a un Cristo romano-cristiano? La respuesta está en la historia y en las transformaciones culturales de los primeros siglos.
El cristianismo, tal como lo conocemos hoy, surgió después de Jesús, especialmente gracias a:
Pablo de Tarso: quien reinterpretó a Jesús para el mundo grecorromano. Sabán y otros investigadores plantean que Pablo, al expandir el mensaje de Jesús entre los gentiles, reinterpretó la experiencia religiosa de Jesús en un lenguaje teológico nuevo, más universalista, menos vinculado a la ley judía y mucho más favorable a las comunidades no judías.
Las comunidades gentiles: que no seguían la Ley judía y necesitaban un marco religioso adaptado a su propia cultura.
El Imperio Romano: que institucionalizó la fe siglos después. Con el paso del tiempo, esta reinterpretación se convirtió en doctrina oficial, especialmente después del siglo IV con la consolidación del cristianismo como religión imperial. El resultado: el Jesús histórico fue desplazado por el Cristo teológico.
En otras palabras: la religión que hoy se llama cristiana no fue fundada por Jesús. Fue construida por quienes vinieron después, a partir de sus memorias, interpretaciones, intereses y lecturas teológicas.
Un hecho histórico crucial: la crucifixión fue romana, no judía

Otro punto clave que la historia ha tendido a ocultar es la naturaleza de la muerte de Jesús. La crucifixión no fue una condena religiosa judía: fue una ejecución romana, con un objetivo político, no teológico. Los métodos de ejecución del sistema judicial judío de la época eran completamente diferentes. La cruz era el instrumento de terror del Imperio Romano, usado específicamente contra aquellos considerados amenazas políticas al orden establecido.
Este detalle no es menor: desvela que el conflicto final de Jesús fue con el poder imperial, no con su propia fe. Sin embargo, con el tiempo, narrativas posteriores desplazaron la responsabilidad hacia el pueblo judío, creando una distorsión histórica que tendría consecuencias devastadoras durante siglos.
Las preguntas que casi nunca se hacen en las iglesias
Por eso es tan necesario hacernos preguntas que casi nunca se plantean en las instituciones religiosas:
- Si Jesús era judío y nunca fundó el cristianismo, ¿quién lo hizo realmente?
- ¿Por qué se desjudaizó la figura de Jesús con el paso de los siglos?
- ¿Cuántas enseñanzas originales quedaron fuera porque no encajaban con el nuevo mensaje institucional?
Responderlas no debilita la fe: al contrario, la depura, la historiza y la libera de mitos construidos sobre silencios, omisiones y conveniencias políticas.
Por qué es importante recuperar este origen
Comprender el judaísmo de Jesús no destruye la fe; la vuelve más honesta y consciente. Estudiar esta realidad no es una provocación gratuita. Es una oportunidad para ver al maestro nazareno en su dimensión humana, cultural e histórica, con sus raíces reales, sin maquillajes. Permite:
- Ver a Jesús como un maestro humano, profundo y coherente
- Leer sus enseñanzas en su contexto original, sin deformaciones
- Cuestionar lecturas posteriores usadas para justificar poder, control o dogmas
- Reconectar con el Jesús histórico, no con el Jesús institucional
- Volver a su contexto original para entender mejor su mensaje, su intención y su misión
Desprogramarse también es esto: volver al origen para entender la verdad antes de que fuese manipulada.

Conclusión: Yeshua, el judío que cambió la historia
Yeshua nunca pidió adoración, templos, dogmas o religiones globales. Pidió compasión. Pidió justicia. Pidió transformación interior. Pidió amor al prójimo.
Lo demás vino después.
Descubrimos que lo que llamamos “cristianismo” es, en gran parte, el resultado de interpretaciones posteriores, y no la religión que Jesús practicó ni la que enseñó. Y esa verdad, aunque duela y cuestione, también es liberadora y profundamente desprogramadora.
Cuando recuperamos el hecho simple pero poderoso de que Jesús fue un judío, descubrimos que su grandeza no está en el mito que crearon de él, sino en la profundidad humana de su mensaje. Esa verdad nos invita a una fe más madura, más consciente y más arraigada en la historia real, no en las versiones editadas por el poder institucional.
